Nuestro Eterno Sumo Sacerdote

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Adán Y Eva vivían en comunión con Dios antes que transgredieron. Parece ser que Dios llegaba al huerto de Edén en el fresco del día, y que gozaban dulce comunión en la presencia de Él. Pero todo cambió cuando cayeron en el pecado. Durante el tiempo de Moisés, Dios se complacía morar entre su pueblo, y andar con ellos en el desierto. Sin embargo, esto tenía limitaciones. Hubo dentro del velo del tabernáculo un lugar santísimo donde la presencia de Dios se gozaba morar. Moisés le instruyó a Aarón “que no en todo tiempo entre en el santuario detrás del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera” (Levítico 16:2). Al sumo sacerdote sólo una vez al año, en el día de expiación, le era permitido entrar en el lugar santísimo. Era necesario entrar con sangre para que la rociara en el propiciatorio, primero para los pecados suyos, y luego para los pecados del pueblo. “Dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie” (Hebreos 9:8). Tratemos de imaginar con cuanto temor y temblor se acercaba el sumo sacerdote al velo y con qué asombro y reverencia entraba y se paraba en la presencia de Dios delante del propiciatorio.

Hoy día ese velo no existe. Los evangelios nos enseñan que el velo fue rasgado en dos cuando Jesús expiró en la cruz. Ahora podemos acercarnos con denuedo y confianza al trono de gracia, que es el propiciatorio. Allí podemos encontrar la misericordia y gracia para socorrernos en el tiempo de necesidad. Por medio de lo que Jesús ha hecho, el creyente fiel puede experimentar de nuevo la dulce confraternidad y comunión con Dios en su corazón. No perdamos jamás el asombro, reverencia y gratitud con que nosotros los mortales hemos de acercarnos al propiciatorio de Él.

En Hebreos leemos de la “segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Hebreos 6:19-20). Nuestra alma es como una nave en este mundo. El cielo es más allá, en una ribera distante. La confianza, basada en la fe, es el ancla que da seguridad a nuestra nave y no permite que sea sacudida en la tempestad. Este mundo es el lugar de preparación para el cielo, nuestro descanso eterno. Jesús, nuestro sumo sacerdote, ha entrado por delante, y así ha hecho posible que un día podamos vivir en la mera presencia de Dios.

El apóstol Pablo, escribiendo de Jesús, dijo: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra” (Filipenses 2:6-10). Así que, como Dios exaltó a su Hijo, debemos también alabarle y alzarle a todos los que encontramos.

Traducido de: Adult and Youth Sunday School Lessons, May 2, 2010