LA LEY DE LA VIDA Y LA MUERTE

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Cuando el Dios todopoderoso creó a los cielos y la Tierra, los ordenó operar en una manera ordenada y previsible. Para asegurar este orden, dejó toda su creación sujeta a las leyes naturales y físicas. Estableció la fuerza de la gravedad, el cambio entre día y noche y las estaciones del año. Estas normas, y muchas más, están incluidas en la mera naturaleza del universo. De hecho, nuestro mundo no podría funcionar sin ellas. En todo lo que hacemos, reconocemos estas reglas y ordenamos nuestro trabajo según sus efectos.

Cuando Dios creó al hombre, tuvo un propósito claro. Él quiso que la gente viviera en armonía y con buena voluntad entre sí. Quiso que condujeran sus vidas de tal manera que honrara a Él. “Porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Apocalipsis 4:11). Él quiso que la humanidad entendiera su bondad y le amara por ella. Sabía que, si los hombres iban a vivir en el egoísmo y según sus pasiones naturales, el caos y anarquía pronto iban a destruir su creación. Así que Dios hizo al hombre sujeto a leyes divinas también. La raza humana fue creada para vivir según ellas. Estas leyes precedieron los diez mandamientos, siendo que han sido vigentes desde la creación. Son tan integradas en el plan de Dios para la humanidad que si las ignoramos y las desobedecemos sufriremos gran pérdida.

Estas reglas, por las cuales Dios quiere que el hombre ordene su vida, son muchas y variadas. Tal vez es mejor decir que hay una ley, la cual tiene varias aplicaciones. Es identificada en la Palabra de Dios como la ley de la vida y la muerte.

Poco después de la creación, Dios explicó esta ley a Adán y Eva. Les habló de las cosas en el huerto que les iban a dar vida y de los que les iban a llevar a la muerte. “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17).

Muchos años antes de dar su ley a Moisés, Dios llamó a Abraham para ser el padre de una nación que le iba a reverenciar y que iba a andar según sus preceptos. Dios dijo de Abraham: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él” (Génesis 18:19). La adherencia de Abraham al estándar de Dios de justicia y juicio fue la razón principal que Dios le escogió para esta obra especial.

A los descendientes de Abraham, los hijos de Israel, Dios repitió esta ley en estas palabras: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios . . . y siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de tus días” (Deuteronomio 30:19-20).

El apóstol Pablo comprendió este precepto fundacional para la era evangélica, diciendo: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

Mientras que los principios de esta ley no son definidos en un solo pasaje de escritura, Jesús y los apóstoles los mencionaron e hicieron referencia a ellos muchas veces. Las siguientes escrituras iluminan algunos de sus aspectos.

“El alma que pecare, esa morirá. Y el hombre que fuere justo, e hiciere según el derecho y la justicia . . . en mis ordenanzas caminare, y guardare mis decretos para hacer rectamente, éste es justo; éste vivirá, dice Jehová el Señor” (Ezequiel 18:4, 5, 9).

“Abre su boca con sabiduría, Y la ley de clemencia está en su lengua” (Proverbios 31:26).

“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8).

“Mas el justo vivirá por fe; Y si retrocediere, no agradará a mi alma” (Hebreos 10:38).

“Ninguno puede servir a dos señores . . . No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).

“La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15).

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas” (Mateo 7:12).

“No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7).

Estos versículos nos dan una idea de los pensamientos de Dios. Revelan ambos los propósitos y las barreras que Dios ha puesto para la raza humana. No se deben entender como advertencias, sino declaraciones sencillas de cómo son las cosas y cómo siempre van a ser.

Esta ley de la vida y la muerte no fue dada por capricho ni sin cuidado. Tampoco fue echada sobre la raza humana con la intención de someterla ni para probar la autoridad de Dios. Ha sido dado para nuestro bienestar y seguridad. Dios sabe que el hombre podrá vivir con propósito y felicidad solo por obedecer a esta ley. Cada individuo prosperará o decaerá según sigue o desecha esta ley. “Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová, Que anda en sus caminos. Cuando comieres el trabajo de tus manos, Bienaventurado serás, y te irá bien” (Salmo 128:1-2). Naciones que viven según estos preceptos vivirán en paz. “Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová” (Salmo 33:12). “La justicia engrandece a la nación; Mas el pecado es afrenta de las naciones” (Proverbios 14:34).

Desde el principio, el hombre ha tratado de mejorar el plan de Dios para la humanidad. Ha tratado de inventar un camino por el cual puede evadir la ley de Dios y vivir según sus propios mandatos. Ha inventado, por cierto, varias maneras para eludir el plan de Dios, pero cada una solo le ha llevado a dificultades. El hombre fue creado para vivir según la ley de Dios. Hacer cualquier otra cosa le deja frustrado y desilusionado. Jesús dijo: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Quiso que sepamos que si vivimos según la ley de Dios encontraremos cumplimiento, felicidad y sentido en nuestra vida.

Por el ministro Richard Koehn