El redentor nuestro

Clasificación: 

“El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18-19).

El mundo entero tiene necesidad de un Redentor. En todo lugar el alma del hombre clama por la sanación. Aun la naturaleza parece clamar por una liberación. Y no es de asombrarse porque los pecados del hombre llevaron el uni-verso entero a esta crisis. El alma del hombre presiente la ruina que le espera a menos que un Salvador venga en su rescate. La naturaleza es imperfecta y desequilibrada y al-gún día será consumida por su propia furia por orden de su Creador.

La escritura antes citada es una esperanza dada por un Dios amoroso. Aquellas palabras, primero habladas por el profeta Isaías, fueron repetidas por Jesús. El Señor recien-temente había regresado del desierto donde venció a Sata-nás. Aquella victoria era un paso importante hacia el cum-plimiento de la profecía de Isaías. El cumplimiento del tiempo había llegado para que un Salvador hiciera su obra maravillosa de salvación. El mundo estaba maduro para un cambio espiritual e Israel estaba en el momento decisivo de aceptar o de rechazar al Mesías. Recordamos las palabras del apóstol Pablo: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gálatas 4:4-5). Pron-to muchos en Israel volverían al Señor para la salvación. Y muchos más de los gentiles recibirían a Cristo como su Sal-vador.

Estas escrituras incluyen a todos. No hay nadie que pueda decir que él no es incluido en estas palabras. Los pe-queños, grandes, ricos, pobres, los de gran fama y los humil-des, todos son incluidos en el plan de la salvación de Dios. Sin embargo, las Escrituras indican una inclinación hacia los humildes, pobres y débiles. Parece que Jesús tenía una compasión especial para tales. Él trajo esperanza de sanidad, rescate, vista y liberación. La predicación del evangelio aho-ra sería a toda la humanidad.

Jesús puede sanar como ningún doctor puede. Dar vista a los ciegos es sanar a los ojos. Causar que los cojos anden es sanar a los huesos. Echar fuera a los demonios es sanar las emociones y la mente. Sanar a los quebrantados de corazón da sanidad al corazón. Salvar del pecado es sanar el alma.

Jesús puede sanar las diferencias de naturaleza y tem-peramento. Las diferencias de naturaleza y temperamento entre personas pueden dejar el corazón quebrantado. Estas diferencias a veces son difíciles para entender. Cristo puede sanar a los quebrantados de corazón en el hogar, en la fami-lia, en la comunidad, en la iglesia y aun en las naciones.

Todavía hoy Cristo, por su Espíritu, predica el año agra-dable del Señor. Ahora es el tiempo para aceptar al Señor. Dios viene con nuevos términos de reconciliación. No son los términos antiguos de rituales y leyes sino los nuevos térmi-nos de arrepentimiento, gracia y perdón. Estos términos es-tán al alcance de todos. Sanarán y pondrán en libertad a los que son heridos por el pecado e infortunio.