El Cristiano Identificado

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El titulo arriba tiene dos perspectivas: ¿sabe el mundo quien es el cristiano? y ¿sabe el cristiano mismo quien es? Sí la persona que se dice ser cristiano no sabe quién es, en verdad el mundo tampoco sabrá su identidad.

La mayoría de las personas se interesan en sus “raíces.” La esencia de estos raíces no se encuentra exclusivamente en la línea biológico de sus antepasados. Las raíces de uno pueden incluir su cultura y creencia.

Refiriéndose a nuestro interés en cristiandad genuina, las raíces espirituales del creyente, desde luego, no son biológicos ni históricos. Ellas son fundadas en la persona y fe de Jesucristo. Es imprescindible que cada creyente conozca sus raíces verdaderas. Raíces alimentan la mata y le dan vida.

El apóstol Pablo conoció sus raíces. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). El apóstol no dudaba quien era, tampoco el mundo dudaba quien era él. Sus raíces le unieron inextricablemente a la cruz de Cristo y resultó que él sobrellevó mucho sufrimiento por la fe.

Pablo describe la experiencia cristiana así, “Llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal”(2 Corintios 4:10-11). ¡Qué llamamiento y que sentido de identidad!

Debe ser comprendido que hay una diferencia vasta entre meramente saber de Cristo Jesús y tenerle a Él morando en el corazón y vida de uno. Solamente por el último se manifiesta Cristo por medio del creyente. La vida de Cristo adentro de la persona establece una identidad cristiana en ambas perspectivas del título. Pablo dijo: “a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria”(Colosenses 1:27).

Había tiempos cuando al pueblo de Israel se les olvidaba su verdadera identidad. No tenían sus raíces tan presentes en sus mentes. Esto los dejó a la deriva con la excepción del remanente fiel. A ellos Dios dijo: “Oídme, los que seguís la justicia, los que buscáis a Jehová. Mirad a la piedra de donde fuisteis cortados, y al hueco de la cantera de donde fuisteis arrancados”(Isaías 51:1). El Señor les decía que en esa manera iban a orientarse. Así comprenderían de veras quienes eran. Su llamamiento a ser un pueblo separado a Dios para un propósito noble quedaría claro. Dios continuó: “Mirad a Abraham vuestro padre (la piedra), y a Sara que os dio a luz (la cantera); porque cuando no era más que uno solo lo llamé”(versículo 2). Esta palabra de Dios que nos anima considerar las raíces nuestras es pertinente para el pueblo de Dios en hoy día.

Las raíces y la identidad del pueblo de Dios en la dispensación evangélica están en Cristo Jesús y la cruz por una fe como la de Abraham. En tiempos de angustias y aflicciones, en el día de muchos cambios, vez tras vez el creyente tiene que “mirar la piedra” de donde fue cortado para saber quién es. El bendito libro de Hebreos contiene un análogo del Nuevo Testamento a los versículos antes mencionados. Leemos, “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz” (Hebreos 12:1-2).

Cualquier persona que se ha salvado encontró la salvación por mirar a Jesús crucificado. No hay otra manera. Allí el sacrificio del Señor llegó a ser personal. Allí el propósito y llamamiento de la vida fueron establecidos; la senda determinada. Junto con esto, siempre hay una identidad adquirido en el Calvario. Mientras el tiempo pasa, el mantenimiento de esa identidad cristiana requiere mirar continuamente hacia esa piedra de donde uno fue cortado. Sin ese enfoque y el espíritu quebrantado y contrito que resulta, vamos a perder nuestra identidad verdadera y el sentido de quienes somos.

El Nuevo Testamento habla de ser crucificado con Cristo. “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado”(Romanos 6:6). Esto es una parte importante de la identidad de un cristiano, derivado del Calvario. Afirmar que uno es cristiano sin ser crucificado con Cristo no es plausible. Aquí también hay riesgo de engaño. Cuando el Señor fue crucificado, “de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres”(Isaías 52:14). Es probable, implícito por estas palabras, que Jesús, el sacrificio ensangrentado, no hubiera sido reconocido por los más acercados a Él. Cuando uno es crucificado con Él, el hombre viejo de pecado es “destruido” o es tan desfigurado que el individuo obtiene una identidad nueva. Ya no se reconoce la vida anterior de servir a sí mismo y él es una persona nueva. Él lo sabe y el reino carnal lo sabe.

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”(2 Corintios 5:17). Tal persona tiene raíces nuevas. Por lo tanto, “en lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán; y será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída”(Isaías 55:13).

Traducido de: Messenger of Truth, Volume 106, Number 22